miércoles, 5 de febrero de 2020

DE LA FAMOSA LEY REEVAS


Últimamente cada que aparece en redes sociales una de aquellas escalofriantes noticias sobre agresiones sexuales, leo comentarios de usuarios que aprovechan la plataforma para quejarse amargamente de la no aprobación de la llamada ley REEVAS y culpar directamente a la falta de dicha normativa por los delitos sexuales que ocurren en este país.



Me causa asombro e indignación hasta cierto punto, pues posiblemente no sea más que mera percepción mía, pero noto que en gran medida quienes dirigen quejas de este tipo, suelen ser los mismos que se oponen a la educación sexual, la educación en nuevas masculinidades, la despenalización del aborto en casos de violación, son también quienes comúnmente cuestionan y hasta culpan a las víctimas de delitos sexuales o ponen en duda sus testimonios.



Pero bien, como señalé, tal vez es mera percepción mía. Lo que sí podría afirmar con mayor certeza y sin temor a equivocarme es que la ley Reevas ha sido uno de los proyectos más politizados, pues se ha presentado como carta de salvación y ha respondido al típico ofrecimiento de “mano dura” como medida para reducir y hasta evitar la criminalidad, esto debido a que hay una errada y generalizada creencia de que la sanción es por sí misma lo suficientemente eficaz para tales fines, y la política clientelar abusa de ello y reafirma tal creencia en sus discursos, pues por supuesto es una “solución” más fácil de ofrecer que efectivamente trabajar en políticas públicas que prevengan el cometimiento de los delitos.




Entonces, repasemos un poco el mítico proyecto. ¿Qué es la Ley REEVAS?, es como se conoce al proyecto de ley de diez artículos -en la actualidad archivado- denominado Ley Orgánica de Registro Ecuatoriano de Violadores, Abusadores y Agresores Sexuales de Niños, Niñas y Adolescentes que fue aprobado el año pasado por la Asamblea Nacional, pero vetado por inconstitucionalidad y parcialmente por el Ejecutivo y declarado inconstitucional por la Corte Constitucional.

El proyecto de ley tenía como objeto la creación de un registro nacional de todas las personas mayores de edad que hubieren sido sentenciadas -con condena ejecutoriada- por cometer un delito contra la integridad sexual y reproductiva de niños, niñas y adolescentes e inhabilitar al condenado para ejercer cualquier cargo o profesión que involucre una relación directa con dicho grupo de atención prioritaria por el mismo tiempo establecido en la sentencia condenatoria, una vez que esta haya sido cumplida; registro cuya implementación y manejo estaría bajo la competencia del ministerio rector en seguridad ciudadana.

Dicho proyecto determinaba que el Registro sería estrictamente confidencial, de tal forma que los datos solo serían accesibles para el titular de la información o por orden judicial, es decir, no se constituiría como una fuente pública de información; estableciendo adicionalmente que todas las entidades, autoridades, personas naturales o jurídicas que por la naturaleza de sus actividades requieran contratar a una persona que vaya a tener una relación directa con  niños, niñas y adolescentes tendrían la obligación de exigir una certificación de que dicha persona no se encuentre inscrita en el referido Registro.

Por su parte, el veto por inconstitucionalidad que realizó el Ejecutivo se refirió a 9 de los 10 artículos del proyecto, esto es, en todo en cuanto se contemplaba la creación de un Registro Nacional, siendo el fundamento principal de la objeción, la prohibición constitucional de discriminar en virtud del pasado judicial. Sin embargo, en lo referente al artículo 8 del proyecto que establecía específicamente la inhabilitación para el ejercicio de profesiones u oficios que tengan relación directa con niños, niñas y adolescentes, el Ejecutivo realizó un veto parcial aceptando tal inhabilitación, pero introduciéndolo como un artículo reformatorio al Código Orgánico Integral Penal (COIP) en el que se establezca la inhabilitación como una pena adicional obligatoria en los casos de delitos sexuales.

La Corte Constitucional, por otro lado, señaló que el proyecto es contrario a los mandatos constitucionales que consagran al sistema penitenciario como rehabilitador de quien delinque, el derecho a no ser discriminado por el pasado judicial y el derecho al trabajo, por lo que se fundamenta en una “categoría sospechosa”, es decir una diferenciación no razonable que no ha sido exhaustiva ni rigurosamente motivada por quien la propone, señalando además que es un fin legítimo y obligación del Estado la prevención de delitos sexuales y la protección del interés superior del niño, no obstante la Asamblea no ha explicado ni fundamentado la forma en que la creación de este registro para posterior inhabilitación de sentenciados, prevendrá el cometimiento de tales delitos; de tal forma que se declaró la inconstitucionalidad total de la Ley Reevas.

Algo que resulta pertinente anotar para el debate es que en nuestro ordenamiento constitucional ya existe la figura de inhabilitación por pasado judicial en los casos de delitos sancionados con reclusión, cohecho, enriquecimiento ilícito o peculado, ya que los sentenciados por tales delitos no podrán ser candidatos de elección popular, sin embargo dejemos esa discusión para otro momento, pues retomando mi resquemor cuando leo o escucho que alguien instrumentaliza un nuevo caso de delito sexual para publicitar la fracasada Ley Reevas y exaltar la imagen de sus más acérrimos defensores, estos quejosos omiten deliberadamente mencionar - ¿o de verdad no saben?- que desde que entró en vigencia el Código Orgánico Integral Penal en 2014 se estableció que cuando un delito tenga relación directa con el ejercicio de la profesión, empleo u oficio de la persona sentenciada, se dispondrá que una vez cumplida la pena privativa de libertad, se la inhabilite por el tiempo determinado en cada tipo penal; y más específicamente aún, en la última reforma al COIP publicada en diciembre de 2019, se estableció que los juzgadores, además de las penas privativas de libertad deberán imponer de manera obligatoria la inhabilitación para el ejercicio de profesión, oficio, empleo o cargo público a la persona que haya cometido algún delito contra la integridad sexual y reproductiva contra niñas, niños o adolescentes, por el mismo tiempo de la pena privativa de libertad una vez cumplida esta.

Entonces, si su defensa a la fracasada Ley Reevas se fundamenta principalmente en que consideran legítima, proporcional y necesaria la inhabilitación de condenados por delitos sexuales para ejercer cargos que los pongan en contacto directo con niños, niñas y adolescentes, dejémoslo claro de una vez por todas: eso ya existe en nuestro ordenamiento jurídico y de manera obligatoria.

¿Y será que teniendo claro esto podemos pasar al fondo de la discusión y a la parte más incómoda? La herramienta punitiva ya está consagrada en la ley, ahora ¿cómo hacemos para prevenir y erradicar los delitos sexuales en un contexto en el que el Estado ha reducido alrededor del 84% el presupuesto para erradicación de violencia de género?

La sanción prevista en el COIP (que recoge el mismo espíritu de la Ley Reevas) únicamente serviría -si acaso- para impedir que agresores sexuales tengan trabajos que los relacionen directamente con niños, ¿cómo previene esa norma las agresiones sexuales que se producen en entornos familiares y que representan aproximadamente el 80% de los casos?

En Ecuador se presentan diariamente 42 denuncias por agresiones sexuales, pero solo un 17% de los casos obtienen sentencia.


Fuente: El Telégrafo 


En este contexto, considerando el altísimo subregistro de casos no denunciados y el ínfimo porcentaje de sentencias condenatorias en los que sí se logra denunciar, es insulso quedarnos discutiendo sobre el fracaso de la Ley Reevas o alegrarnos simplemente por una reforma al COIP, cuando no existe una política pública concreta y eficiente para prevenir y erradicar los delitos sexuales, sino que por el contrario, existe un retroceso en cuanto al destino de fondos públicos para estos fines, y un intento de boicotear aún más la escasa educación sexual que reciben los niños, niños y adolescentes, la cual constituye para ellos una herramienta fundamental para prevenir, identificar y denunciar abusos, pues cierto grupúsculo de asambleístas retardatarios han presentado un nuevo proyecto de ley que pretende eliminar a discreción la educación sexual en las escuelas y colegios, entre otras barbaridades.

Entonces sí, el Estado tiene una deuda con los niños, niñas y adolescentes y para subsanar esa deuda necesitamos menos populismo y más voluntad política para visibilizar y solucionar los problemas de fondo, que no van de hacerle el juego a quienes posicionan discursos rimbombantes únicamente con miras a las elecciones 2021.

miércoles, 29 de enero de 2020

UN PEQUEÑO JARDÍN CASERO


He descubierto que me hace muy feliz cuidar las plantas de mi casa, así que he decidido documentar su evolución. También porque he caído en cuenta que a veces les encuentro cualidades humanas.

Tan espontáneamente surgió este primer recuento, que me acabo de percatar que no tengo ninguna foto de las palmeras ni la calathea, a pesar de que son precisamente las más buenas y dóciles de la casa. Algo de cierto parece haber en que las madres y padres tenemos un cariño especial y diferenciado hacia nuestros hijos más problemáticos.

Las veraneras son unas mimadas, mi especie favorita, supongo -de lo contrario no entiendo por qué tengo tres-. Ellas me enseñan que ningún hijo es igual al otro, pues ni siendo de la misma especie responden igual a los mismos cuidados. Mientras doña blanca está frondosa, la fucsia más alta ha quedado muy deshojada y desflorada, pero tranquilidad, ya le asoman varios capullos.




La fucsia petisa, en cambio, parece inmutable. Me cuesta reconocerle ningún cambio desde que llegó y aunque es imposible que así sea, le veo siempre los mismos tallos, las mismas flores y las mismas hojas.

Begonia desde el inicio fue una fiera, no tuvo problemas al ser replantada, como sí los tuvo el velo de novia que perdió muchas hojas, pero hoy ya está recuperada. 




Fue con velo de novia que reconocí que las plantas también requieren que confíe en mi intuición. Sus primeros días en el jardín fueron tristes, no respondía a los riegos, al abono ni al diálogo, yo ya venía sospechando que estaba en un sitio en el que recibía demasiado sol, pero me dijeron varias personas que estaba bien ubicada, hasta que un día ya cansada de verla cabizbaja, la coloqué bajo una sombra, y  santo remedio, volvió a ser por fin una novia inmaculada.




Cara de caballo es la intrusa, llegó al jardín en calidad de polizón, mimetizada entre una de las veraneras. Su hoja era demasiado vibrante para ser tratada como maleza, así que le concedimos una maceta propia donde se vuelve cada día más abundante, como si quisiera reafirmar su derecho a un lugar entre las flores. 




La más débil de todas es Petunia, debo confesar que con ella me sentí defraudada porque específicamente en el vivero pedí las flores más resistentes (por poca fe en mí misma y en mis manos), pero ha resultado una plantita muy delicada, es de exterior, pero sus frágiles flores no soportan la lluvia, así que ya le improvisé un techo desmontable que se lo pongo y retiro según llueva o no. Al inicio estuvo varios días en agonía, no la deseché por orgullo, por no permitirme tan prematura derrota, pero sobrevivió con intensivo cuidado y ahora florece generosamente agradecida.




Así que desde hace semanas, todas las mañanas antes de ir a trabajar, inspecciono cuántas flores hay marchitas y cuántos nacimientos nos dejó el alba. 🌺🌼🍀🍃🌷🌹

martes, 29 de octubre de 2019

El fuego de mis entrañas.


Idealizar la maternidad, pero tener que parir con dolor, desconocer nuestro propio poder y temerle, vaya que la conquista sobre nuestros cuerpos ha sido exitosa. El siguiente relato no es el deber ser, no es un modelo, tampoco es una queja, es tan solo mi propia y personal experiencia. Dos años, siete meses y cinco días después de que Julieta demandare salir de mis entrañas, trataré de poner en palabras lo que viví y lo que sentí, anticipo que presiento que cualquier cosa que escriba será insuficiente, pero haré el intento. Tenía veintiséis años, estaba saludable, profesional, económicamente estable y casada, así decidí ser madre. Sí, porque ¡Sorpresa! las feministas peleamos por maternidades deseadas, no por la extinción de la maternidad, precisamente. Las primeras doce semanas de embarazo fueron difíciles, amenaza de aborto, mucha medicación, descanso médico y algo de nauseas, que en esos tiempos me pareció una eternidad, pero ya en perspectiva y considerando otras experiencias de dificultades sostenidas desde las primeras semanas hasta el momento mismo del parto, digamos que tuve suerte. Y aprendí la primera lección, el embarazo no es “así no más”, aun siendo un embarazo deseado tuve complicaciones y un episodio de ansiedad que duró tres días y atajé con terapias de caminata auto prescritas. Porque la verdad es que desde el inicio sentí que me atravesaba algo muy íntimo y profundo, desde afuera nadie me iba a “curar” o descifrar, más que nunca supe que era hora de escucharme y entenderme.  Luego de estos avatares, las semanas transcurrieron con mayor normalidad trabajando, haciendo los típicos planes, compras, chequeos médicos de rutina, y fundamentalmente: leyendo. Quería saberlo todo, qué me estaba pasando biológica, psicológica, espiritualmente y especialmente qué pasaría en el momento del parto, incluso mi esposo y yo tomamos un taller prenatal. Que el embarazo y la maternidad son experiencias providenciales, color de rosa, todo amor, entrega y belleza son discursos que nunca me creí, que siempre cuestioné, así que tampoco estaba dispuesta a aceptar tan fácilmente la mala fama de ese punto negro que es el parto en ese jardín de rosas que supuestamente es la maternidad. Leí cómo a mujeres de otras culturas les sorprende que en occidente paramos con tanto dolor y aterricé en el concepto de parto respetado y de inmediato supe que algo así quería. Llegué a consensos preliminares con mi esposo y mi ginecólogo, dos hombres profundamente respetuosos, con pleno entendimiento de que en esta travesía eran mis acompañantes. Y ya nos vamos acercando al día del fuego. Cumplidas las treinta y nueve semanas de embarazo, ya con Julieta encajada y con dos vueltas de cordón umbilical en su cuello, no había indicio alguno de que yo vaya a entrar en labor de parto, el ginecólogo sugirió que lo induzcamos y con muchos reparos acepté, pero le pedí un par de días para terminar pendientes y afinar detalles. Así que hicimos maletas, tuve sexo de “despedida” con mi esposo –o hicimos el amor, si lo quieren leer con romance, yo prefiero abrazar lo salvaje, pues de entrada lo que me inspiró a escribir este relato fue haber leído a María Llopis-, y me quedé hasta más o menos la medianoche trabajando con el propósito de al día siguiente descansar, pues el día después de ese, estaba programado el parto inducido. Pero mi cuerpo en complicidad con Julieta, tenían sus propios planes. Luego de trabajar, me di un baño y noté una mucosidad saliendo de mis genitales, ya había leído sobre esto: días o semanas previas al parto empieza a desprenderse del cuello del útero una mucosidad, no necesariamente es indicio de la inminencia del parto. Continué. Una sensación como cólico menstrual se fue acentuando en mis caderas y espalda baja, seguramente me excedí, trabajé demasiado, ya Julieta está muy encajada y la barriga está muy pesada, esto es normal, pensé. Y claro que era normal, pero no por los motivos que yo creía. Me acosté, mi marido ya roncaba y cada cierto tiempo yo me despertaba porque el “cólico” se acentuaba, y Julieta empezó a moverse como un roedor tratando de escapar de una jaula caliente. Ya alrededor de las dos de la madrugada desperté a mi esposo y le dije que su hija no quiso esperar: Julieta va a nacer. Me sugirió que trate de dormir, pero era inútil, las contracciones que al inicio eran irregulares, empezaron a tomar ritmo y subir en intensidad. Bueno señoras y señores, hora de poner en práctica todo lo que había leído y aprendido, saqué la pelota de yoga que habíamos comprado precisamente para esto, me senté sobre ella y comencé a brincar, respirar profundo, estirarme, de vez en cuando caminar. Mi esposo prendió la televisión, ya se resignó a no dormir. Para nuestra buena suerte, era entonces enero de 2017 y se jugaba el Australian Open, así que Federer nos acompañó la labor de parto en la madrugada, jugaba semifinales, un partidazo, ganó. Mi esposo insistía en llamar al doctor, yo no quería, en una consulta lo escuché conversando con su hermana y le dijo que él se levantaba a las seis de la mañana para ir a dejar a sus hijos a la escuela, así que para qué lo vamos a despertar, ¿no dicen que el parto de las primerizas es muy largo y doloroso? Vamos que esto recién empieza, ya tendremos largo rato para pasar con el doctor. Contracciones iban y venían, al principio calculaba los intervalos y la duración de cada una, luego dejé el cronómetro. Decidí escucharme nuevamente, y esta vez supe que quería estar lúcida, quería vibrar, quería recordar cada segundo, cada sensación, quería vivir cada contracción. ¿Estaba teniendo dolores de parto? No. Creo firmemente que estaba teniendo contracciones y no sé cómo ni en qué momento ese concepto se distanció del concepto del dolor. Se supone que el dolor está asociado al sufrimiento, no diría que estaba sufriendo, algo intenso estaba atravesando mi cuerpo, mi mente y mi espíritu, tal vez hice catarsis, pero lo que yo sentía era poder. Amaneció y ahora sí, llamamos al doctor, nos regañó por no haberle avisado antes, él se encargó de reservarnos una habitación en la clínica y quedamos en encontrarnos allí a las ocho de la mañana, - anda bien desayunada que ya más tarde no podrás comer nada-, dijo. Bueno, me lo tomé en serio, preparamos un desayuno fenomenal y antes de salir al hospital me metí a la tina, mi esposo vertía agua caliente sobre mi cuello y espalda y me daba ligeros masajes, yo solo gemía y balanceaba la cabeza en círculos. Fue un momento tántrico, sensual aunque no coital, perdimos la noción del tiempo. Al salir de la tina pensé incluso que todo había sido una falsa alarma, y mientras me vestía me embistió una contracción. De acuerdo, me quedó claro, no era falsa alarma. Llegamos al hospital a las diez de la mañana con dos horas de atraso, el doctor se había tenido que ir a ver a otros pacientes. No importa, tenemos todo el día, total, cuando llegué las enfermeras me preguntaban si era mi primer hijo –ah entonces está saliendo siquiera a las diez de la noche, y espérese que esto no es nada, ya mismo viene lo peor-. Está bien, así ha de ser. 
Llegaron al hospital mi madre y dos primas que no podían hacer más que contemplarme y tomar fotos, una maravilla porque nos reíamos de cualquier cosa. Ya con doce horas de trabajo de parto encima rompí fuente cerca del mediodía y justo entra a la habitación el doctor, a tiempo para ver el espectáculo de agua emergiendo a borbotones, mis entrañas empezaron a vaciase y con qué potencia. Habría creído que estaba lista para parir, pero no. Casi seis centímetros de dilatación eran aún insuficientes para entrar a la fase expulsiva. Fue momento de una negociación entre el médico y yo, gané una partida, nada de epidural ni medicamentos para acelerar el proceso. Esto es mío, ¿por qué me lo quieren arrebatar tan rápido? Pero cedí en cuanto a quedarme en cama una hora, dejar mis caminatas, mis movimientos, mis estiramientos, para que me conecten una máquina de monitoreo fetal y de contracciones para asegurarnos que la criatura no esté sufriendo, las vueltas de cordón en su cuello eran cosa de supervisar, alegaron. Al cabo de la hora pasó una doctora a revisar el monitoreo, me miró sorprendida - ¡tantas contracciones! ¿ya llamó a su médico? - pues no. Lo trajeron, y así de la nada, cuando se supone que estaría pariendo en la noche, a las dos de la tarde ya me encontraba completamente dilatada, no quería bajar a la sala de parto porque mi esposo había salido y yo no estaba dispuesta a parir sin quien me había acompañado en este recorrido, no iba a dejar que se pierda este gran encuentro. Llegó mi esposo y bajamos, para ese momento el fuego en mi vientre era cada vez más poderoso e incontrolable, me quemaba, yo sólo quería pujar, cada que venía una contracción hacía un esfuerzo para no pujar hasta que estemos todos listos. Nuevamente repaso ese momento tratando de identificar si me quejé de dolor, le pregunto a mi esposo qué recuerda – que estabas cansada, que tenías sed- Si, más de quince horas en labor y sin haber dormido, estaba cansada. De mi parto recuerdo hasta cansancio y sed, pero no dolor. Y ya ahí en esa sala blanca y luminosa de repente escuché –ya, ahora si Soledad, puja-. Ese momento, es el momento de la verdad. Estaba rodeada de personal médico y mi esposo me tomaba la mano, sin embargo, ese ha sido mi más profundo instante de soledad, nadie más podía hacer nada por mí, nuestras vidas dependían únicamente de la fuerza que me quedaba, o bien la fuerza que me faltaba descubrir. Estaba desnuda, primitiva, entre gritos, alaridos y sudor, pujé rabiosamente y de mi carne salió carne, de mi vida se desprendió otra vida, de mi fogosidad se abrió otra llama. El 26 de enero de 2017, a las 3:16 de la tarde nació Julieta, y volví a nacer yo.
31-08-2019

CON ESTO, SUELTO.

  Hace unos años escribí sobre el nacimiento de mi hija Julieta. Siento que es lo más bonito que he escrito, pues fue el reflejo más fiel po...