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sábado, 12 de marzo de 2022

CON ESTO, SUELTO.

 

Hace unos años escribí sobre el nacimiento de mi hija Julieta. Siento que es lo más bonito que he escrito, pues fue el reflejo más fiel posible de lo poderoso y bello que fue ese parto. Desde que lo escribí e hice el ejercicio de repasar cada episodio de ese día, me convencí a mí misma de que quería repetir la experiencia, pero de manera mucho más libre, entonces decidí que mi siguiente parto sería en casa.

Otra de las cosas que siempre supimos mi marido y yo respecto a nuestra planificación familiar es que no queríamos tener a dos bebés pequeños simultáneamente, así que las conversaciones sobre intentar otro embarazo iniciaron cuando Julieta cumplió 3 años, luego de un fallido proceso de adopción.

Un aborto y varios meses de intentos de concebir después, a inicios de diciembre de 2020, le dije a mi marido “estoy embarazada o tengo una enfermedad terminal” (lo sé, la comparación es cruel, perdón). Nuevamente sospeché de mi embarazo antes de tener un retraso siquiera por mis síntomas de decaimiento, palidez e inapetencia. Y es que al inicio de mis embarazos podría dormir 20 horas al día, lo juro.

Hicimos una prueba de sangre y confirmamos el embarazo de 3 semanas de gestación y con vitaminas regulares prescritas por mi médico de siempre, empecé a sentirme de mejor ánimo. Tan bien, tan bien, que esta vez anunciamos públicamente el embarazo a las 7 semanas de gestación, mucho antes que con Julieta, cuyo embarazo anunciamos a la semana 12 porque tuve complicaciones al inicio y no quisimos hacerlo público hasta que pase el riesgo.

Y aquí es donde revelo que este no es el relato de un parto libre, ni una anécdota precisamente feliz. Solo soy yo sacándome la bronca que tengo con mi cuerpo y con la experiencia de nacimiento de mi segundo hijo, y lo hago porque en unos días mi bebé cumple 7 meses de nacido y se me siguen haciendo agua los ojos cada que alguien me pregunta cómo nos fue en ese parto. Y no son lágrimas de felicidad, sino de frustración. Quisimos tanto tener a este niño, su presencia nos ha llenado de tanto gozo que es injusto recordar con rabia el acto que lo trajo a mí, es ingrato despreciar este cuerpo, mi cuerpo, que nos permitió estar juntos. Creo que escribo esto en un intento de sanar.

Me levanté de la cama y un rastro de sangre me siguió hasta el baño, mis gritos de terror llamaron a mi marido y a mi hija a quien tuvimos que sacar para evitarle el shock. Ese fue el inicio de 10 semanas postrada en la cama por una extraña lesión en la placenta que apareció repentinamente y sin razón aparente en el segundo trimestre y que a cada seguimiento se reducía medio centímetro y luego crecía un centímetro más. Cuando mi médico revisó los exámenes nos dijo que en más de 25 años de ejercicio profesional era la tercera vez que veía una lesión de ese tipo y que las dos ocasiones anteriores no se pudo salvar los embarazos; consultamos con otros médicos especialistas para tener otros criterios y ninguno era más alentador, algunos ni siquiera se habían topado con un caso similar.

Reposo, progesterona, más reposo, controles médicos quincenales, y más reposo. Ese era todo el tratamiento. Y unas inyecciones que mi marido tuvo que aprender a ponerme para detener las hemorragias repentinas. Por supuesto que descartamos toda posibilidad de un parto en casa, la expectativa era llegar a la semana 30 y hacer una cesárea. En alguno de esos controles supimos que estábamos esperando un niño. Fue tan agridulce descubrir el sexo de nuestro hijo que no sabíamos si llegaríamos a conocer.

A medida que pasaban las semanas y las pataditas eran más notorias y consistentes, crecía mi pánico, temía que una patada muy fuerte cause una hemorragia que no podamos controlar. Durante ese reposo tuve casi tres meses prohibido jugar con mi hija de ya 4 años. Soy (¿o era?) una asidua lectora, así que cuando inició el reposo pensé que iba a romper todos mis records de lectura, pero desarrollé una ansiedad tal que desde entonces no puedo terminar ni un solo libro que comienzo.

Pero la cuestión fue que alrededor de la semana 24 en uno de los controles médicos nos informaron que la lesión caprichosa desapareció tan inexplicablemente como apareció. Simplemente se esfumó. Me levantaron los cuidados tan estrictos y fui volviendo a mi rutina normal, y poco a poco esa normalidad me hizo coquetear nuevamente con la idea de un parto en casa. Un parto que soñé y para el que me preparé varios años. Y empecé nuevamente a repasar el parto de Julieta, a leer, a ver videos. El médico, mi marido y mi madre me escuchaban con preocupación y aunque trataron de disuadirme de la idea, yo sencillamente me aferraba cada vez más a ella y empecé nuevamente a planificarlo.

Las semanas avanzaban, 32, 33, 34, 35, 36 y la criatura no se ponía en posición para el parto. Ahora mi embarazo perfectamente saludable, tenía a la criatura en posición podálica y aunque lo intenté todo, TODO, él fue más terco que yo, no se viró. Había visto muchos videos de partos vaginales en esa posición y conversé con varios médicos de los riesgos, finalmente desistí; luego de haber superado la lesión, someternos a este riesgo evitable me pareció mezquino. Salí del último control prenatal en el que pusimos fecha para la cesárea programada y lloré toda la noche.

Apenas unos meses antes considerábamos un milagro llegar a la semana 30, y entonces a la semana 38 estaba llorando porque programamos una cesárea. Así que no solo me sentía frustrada, también me sentía culpable, egoísta, vanidosa, injusta con esas otras 2 mujeres que, con una lesión similar a la mía, no pudieron salvar sus embarazos. Quería tanto un parto vaginal en casa, me visualicé durante años en la bañera, con mi marido masajeándome los hombros y mi hija tomándome la mano, con mi madre y mis primas entrando y saliendo de la habitación, tomando fotos y acompañando las contracciones y los pujos, con mis mejores amigas en la sala trayendo hierbas, comida y también vino. En una parte de mi corazón que la culpa no ha podido gobernar, sé que mi expectativa era legítima, que mi embarazo y mi parto era míos y que no le debía nada a nadie. Pero simplemente no fue, ni será. Me ligué. Si de algo tengo plena convicción en mi vida es que no quiero más embarazos. Ojo, ni si quiera sé si hijos, pero definitivamente no embarazos. No me siento física ni emocionalmente capaz de atravesar algo así nunca más, el solo darle vueltas a la idea me causa náuseas y sensación de pavor.

La cesárea fue programada para el lunes 16 de agosto de 2021, pero mis hijxs que son fieles y dignos hijxs de mamá y papá, han decidido cómo y cuándo nacer. El sábado anterior me fui a un matrimonio en el que bailé hasta abajo por arenga de mi amiga más farrera (amiga querida si algún día lees esto, tú sabes quién eres), fue una noche feliz… y movida. Tanto que llegamos a casa, me duché, nos acostamos a dormir y a las 4 de la mañana, amanecer domingo, me despertó una contracción.

Recordaba perfectamente cómo eran, no tuve duda alguna. Esta vez desde el inicio las contracciones fueron regulares, empezaron cada 10 minutos por cronómetro y con una duración de entre 40 y 60 segundos cada una. Fueron una avalancha. A diferencia de mi experiencia anterior, no esperé 6 horas de trabajo de parto para llamar a mi doctor, lo llamé a la cuarta contracción, me recetó medicación para tratar de relajar el útero y bajar las contracciones, pero este hijo mío venía decidido.

El médico hizo los arreglos necesarios para una cesárea de emergencia a las 10 de la mañana ese mismo domingo. Ingresé a la clínica y esta vez no hubo pelota de yoga, caminatas, acompañamiento, risas, baños de agua caliente. Me llevaron a una sala blanca y fría de pre operatorio y ahí me quedé aproximadamente una hora y media teniendo contracciones dolorosas. Sola y con frío, con mucho frío. Cuando por fin entré al quirófano tenía ya 8 centímetros de dilatación. Entre una contracción y otra el anestesiólogo me puso la raquídea. Si los han sedado de esta forma previamente ya conocen la advertencia: no te puedes mover durante la penetración de esa enorme aguja en tu columna. Con la aguja en mi cuerpo tuve otra contracción que tuve que resistir aguantando la respiración y apretando los puños con toda mi fuerza. Luego de eso ya no había marcha atrás así que lloré en silencio tan desconsoladamente que temblaba y la pediatra me tuvo que contener con un abrazo. Por fin entró mi marido al quirófano y bueno, él sabe cómo sacarme sonrisas. 

Al pitido de la máquina de frecuencia cardiaca y al play list del médico, se impuso un llanto robusto. Mi bebé nació, sano y fuerte, el día que quiso y en la posición que quiso. Heinrich David nos desbordó de amor de inmediato, y mi sensación de ser ya una mamá experimentada me permitió disfrutarlo desde el primer instante que fue puesto sobre mi pecho, desde su primera lactada en el post operatorio donde estuvimos dos horas con los torsos desnudos, en contacto piel con piel solo cubiertos por una manta térmica.

Y pensé, bueno, ya está. Lo importante es que ya nació y que está sano, parto vaginal o cesárea, ya es lo de menos. Pero subimos a la habitación con el bebé y nadie nos estaba esperando. Pandemia. Coronavirus. No hubo familiares, no hubo amigos, no hubo brindis, y lo más doloroso, no estaba Julieta con nosotros. Tuvimos que esperar dos días para reencontrarnos los cuatro en casa.

Desde entonces vengo pasando entre la enorme felicidad que me da mi niño bueno (como le decimos porque realmente es un bebé muy bueno) y la frustración de lo que habría querido que sea y no fue. Y no tiene sentido, quiero que se vaya. Lo expulso de mi pecho con cada letra que escribo. Con este acto de confesión me perdono y reconozco que lo que tuvimos que pasar no fue debilidad, sino fortaleza. No minimizo mis sentimientos, al contrario, valido mi experiencia y le agradezco a mi cuerpo lo que resistió y lo que nos dio durante el embarazo y durante el post parto. Porque una mujer que tiene un parto por cesárea es abierta hasta lo más profundo de sus entrañas y no regresa a casa a quedarse en una cama un mes o al menos quince días siendo atendida como cualquier otro paciente que fuere sometido a una cirugía mayor, sino que regresa a atender a un bebé y a alimentarlo con su cuerpo aún herido, y si tiene otro u otros hijos, tendrá que atenderlos y darles amor también a ellos, porque ya saben, los celos.

“…si bien hace falta denunciar el abuso de las llamadas cesáreas innecesarias, es importante también hacer las paces. Hacer las paces con nuestros cuerpos, con nuestras cicatrices, con nuestros partos cuando estos no han sido como queríamos o pensábamos que serían.”[1]

Gracias Heinrich David por este amor tan apacible y a la vez tan revolucionario. Gracias cuerpo, lo logramos.




 



[1] Maria Llopis, (2015). Maternidades Subversivas. San Isidro, Txalaparta.

martes, 29 de octubre de 2019

El fuego de mis entrañas.


Idealizar la maternidad, pero tener que parir con dolor, desconocer nuestro propio poder y temerle, vaya que la conquista sobre nuestros cuerpos ha sido exitosa. El siguiente relato no es el deber ser, no es un modelo, tampoco es una queja, es tan solo mi propia y personal experiencia. Dos años, siete meses y cinco días después de que Julieta demandare salir de mis entrañas, trataré de poner en palabras lo que viví y lo que sentí, anticipo que presiento que cualquier cosa que escriba será insuficiente, pero haré el intento. Tenía veintiséis años, estaba saludable, profesional, económicamente estable y casada, así decidí ser madre. Sí, porque ¡Sorpresa! las feministas peleamos por maternidades deseadas, no por la extinción de la maternidad, precisamente. Las primeras doce semanas de embarazo fueron difíciles, amenaza de aborto, mucha medicación, descanso médico y algo de nauseas, que en esos tiempos me pareció una eternidad, pero ya en perspectiva y considerando otras experiencias de dificultades sostenidas desde las primeras semanas hasta el momento mismo del parto, digamos que tuve suerte. Y aprendí la primera lección, el embarazo no es “así no más”, aun siendo un embarazo deseado tuve complicaciones y un episodio de ansiedad que duró tres días y atajé con terapias de caminata auto prescritas. Porque la verdad es que desde el inicio sentí que me atravesaba algo muy íntimo y profundo, desde afuera nadie me iba a “curar” o descifrar, más que nunca supe que era hora de escucharme y entenderme.  Luego de estos avatares, las semanas transcurrieron con mayor normalidad trabajando, haciendo los típicos planes, compras, chequeos médicos de rutina, y fundamentalmente: leyendo. Quería saberlo todo, qué me estaba pasando biológica, psicológica, espiritualmente y especialmente qué pasaría en el momento del parto, incluso mi esposo y yo tomamos un taller prenatal. Que el embarazo y la maternidad son experiencias providenciales, color de rosa, todo amor, entrega y belleza son discursos que nunca me creí, que siempre cuestioné, así que tampoco estaba dispuesta a aceptar tan fácilmente la mala fama de ese punto negro que es el parto en ese jardín de rosas que supuestamente es la maternidad. Leí cómo a mujeres de otras culturas les sorprende que en occidente paramos con tanto dolor y aterricé en el concepto de parto respetado y de inmediato supe que algo así quería. Llegué a consensos preliminares con mi esposo y mi ginecólogo, dos hombres profundamente respetuosos, con pleno entendimiento de que en esta travesía eran mis acompañantes. Y ya nos vamos acercando al día del fuego. Cumplidas las treinta y nueve semanas de embarazo, ya con Julieta encajada y con dos vueltas de cordón umbilical en su cuello, no había indicio alguno de que yo vaya a entrar en labor de parto, el ginecólogo sugirió que lo induzcamos y con muchos reparos acepté, pero le pedí un par de días para terminar pendientes y afinar detalles. Así que hicimos maletas, tuve sexo de “despedida” con mi esposo –o hicimos el amor, si lo quieren leer con romance, yo prefiero abrazar lo salvaje, pues de entrada lo que me inspiró a escribir este relato fue haber leído a María Llopis-, y me quedé hasta más o menos la medianoche trabajando con el propósito de al día siguiente descansar, pues el día después de ese, estaba programado el parto inducido. Pero mi cuerpo en complicidad con Julieta, tenían sus propios planes. Luego de trabajar, me di un baño y noté una mucosidad saliendo de mis genitales, ya había leído sobre esto: días o semanas previas al parto empieza a desprenderse del cuello del útero una mucosidad, no necesariamente es indicio de la inminencia del parto. Continué. Una sensación como cólico menstrual se fue acentuando en mis caderas y espalda baja, seguramente me excedí, trabajé demasiado, ya Julieta está muy encajada y la barriga está muy pesada, esto es normal, pensé. Y claro que era normal, pero no por los motivos que yo creía. Me acosté, mi marido ya roncaba y cada cierto tiempo yo me despertaba porque el “cólico” se acentuaba, y Julieta empezó a moverse como un roedor tratando de escapar de una jaula caliente. Ya alrededor de las dos de la madrugada desperté a mi esposo y le dije que su hija no quiso esperar: Julieta va a nacer. Me sugirió que trate de dormir, pero era inútil, las contracciones que al inicio eran irregulares, empezaron a tomar ritmo y subir en intensidad. Bueno señoras y señores, hora de poner en práctica todo lo que había leído y aprendido, saqué la pelota de yoga que habíamos comprado precisamente para esto, me senté sobre ella y comencé a brincar, respirar profundo, estirarme, de vez en cuando caminar. Mi esposo prendió la televisión, ya se resignó a no dormir. Para nuestra buena suerte, era entonces enero de 2017 y se jugaba el Australian Open, así que Federer nos acompañó la labor de parto en la madrugada, jugaba semifinales, un partidazo, ganó. Mi esposo insistía en llamar al doctor, yo no quería, en una consulta lo escuché conversando con su hermana y le dijo que él se levantaba a las seis de la mañana para ir a dejar a sus hijos a la escuela, así que para qué lo vamos a despertar, ¿no dicen que el parto de las primerizas es muy largo y doloroso? Vamos que esto recién empieza, ya tendremos largo rato para pasar con el doctor. Contracciones iban y venían, al principio calculaba los intervalos y la duración de cada una, luego dejé el cronómetro. Decidí escucharme nuevamente, y esta vez supe que quería estar lúcida, quería vibrar, quería recordar cada segundo, cada sensación, quería vivir cada contracción. ¿Estaba teniendo dolores de parto? No. Creo firmemente que estaba teniendo contracciones y no sé cómo ni en qué momento ese concepto se distanció del concepto del dolor. Se supone que el dolor está asociado al sufrimiento, no diría que estaba sufriendo, algo intenso estaba atravesando mi cuerpo, mi mente y mi espíritu, tal vez hice catarsis, pero lo que yo sentía era poder. Amaneció y ahora sí, llamamos al doctor, nos regañó por no haberle avisado antes, él se encargó de reservarnos una habitación en la clínica y quedamos en encontrarnos allí a las ocho de la mañana, - anda bien desayunada que ya más tarde no podrás comer nada-, dijo. Bueno, me lo tomé en serio, preparamos un desayuno fenomenal y antes de salir al hospital me metí a la tina, mi esposo vertía agua caliente sobre mi cuello y espalda y me daba ligeros masajes, yo solo gemía y balanceaba la cabeza en círculos. Fue un momento tántrico, sensual aunque no coital, perdimos la noción del tiempo. Al salir de la tina pensé incluso que todo había sido una falsa alarma, y mientras me vestía me embistió una contracción. De acuerdo, me quedó claro, no era falsa alarma. Llegamos al hospital a las diez de la mañana con dos horas de atraso, el doctor se había tenido que ir a ver a otros pacientes. No importa, tenemos todo el día, total, cuando llegué las enfermeras me preguntaban si era mi primer hijo –ah entonces está saliendo siquiera a las diez de la noche, y espérese que esto no es nada, ya mismo viene lo peor-. Está bien, así ha de ser. 
Llegaron al hospital mi madre y dos primas que no podían hacer más que contemplarme y tomar fotos, una maravilla porque nos reíamos de cualquier cosa. Ya con doce horas de trabajo de parto encima rompí fuente cerca del mediodía y justo entra a la habitación el doctor, a tiempo para ver el espectáculo de agua emergiendo a borbotones, mis entrañas empezaron a vaciase y con qué potencia. Habría creído que estaba lista para parir, pero no. Casi seis centímetros de dilatación eran aún insuficientes para entrar a la fase expulsiva. Fue momento de una negociación entre el médico y yo, gané una partida, nada de epidural ni medicamentos para acelerar el proceso. Esto es mío, ¿por qué me lo quieren arrebatar tan rápido? Pero cedí en cuanto a quedarme en cama una hora, dejar mis caminatas, mis movimientos, mis estiramientos, para que me conecten una máquina de monitoreo fetal y de contracciones para asegurarnos que la criatura no esté sufriendo, las vueltas de cordón en su cuello eran cosa de supervisar, alegaron. Al cabo de la hora pasó una doctora a revisar el monitoreo, me miró sorprendida - ¡tantas contracciones! ¿ya llamó a su médico? - pues no. Lo trajeron, y así de la nada, cuando se supone que estaría pariendo en la noche, a las dos de la tarde ya me encontraba completamente dilatada, no quería bajar a la sala de parto porque mi esposo había salido y yo no estaba dispuesta a parir sin quien me había acompañado en este recorrido, no iba a dejar que se pierda este gran encuentro. Llegó mi esposo y bajamos, para ese momento el fuego en mi vientre era cada vez más poderoso e incontrolable, me quemaba, yo sólo quería pujar, cada que venía una contracción hacía un esfuerzo para no pujar hasta que estemos todos listos. Nuevamente repaso ese momento tratando de identificar si me quejé de dolor, le pregunto a mi esposo qué recuerda – que estabas cansada, que tenías sed- Si, más de quince horas en labor y sin haber dormido, estaba cansada. De mi parto recuerdo hasta cansancio y sed, pero no dolor. Y ya ahí en esa sala blanca y luminosa de repente escuché –ya, ahora si Soledad, puja-. Ese momento, es el momento de la verdad. Estaba rodeada de personal médico y mi esposo me tomaba la mano, sin embargo, ese ha sido mi más profundo instante de soledad, nadie más podía hacer nada por mí, nuestras vidas dependían únicamente de la fuerza que me quedaba, o bien la fuerza que me faltaba descubrir. Estaba desnuda, primitiva, entre gritos, alaridos y sudor, pujé rabiosamente y de mi carne salió carne, de mi vida se desprendió otra vida, de mi fogosidad se abrió otra llama. El 26 de enero de 2017, a las 3:16 de la tarde nació Julieta, y volví a nacer yo.
31-08-2019

CON ESTO, SUELTO.

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